Luis Troitiño: El kiosquero de Lomas que fundó nuestra historia

Luis Troitiño: El kiosquero de Lomas que fundó nuestra historia

Su legado como pionero del activismo LGBT en Argentina quedó sellado en una entrevista reveladora con Juan Queiroz para Moléculas Malucas. A sus 87 años, desde su pequeño kiosco en el conurbano, Luis rompió un silencio de décadas para recordar cómo en 1967, junto a Héctor Anabitarte, fundó Nuestro Mundo, el primer grupo político homosexual de habla hispana. En su propia casa de Lomas de Zamora se imprimía, de forma clandestina y en un mimeógrafo «prestado» del correo, el boletín que desafió la persecución de la época.

Su historia fue la de una supervivencia resiliente. Llegó a Buenos Aires a los 15 años desde Tucumán, sin un peso, durmiendo en la estación Constitución o en los tranvías para capear el frío. Su suerte cambió gracias a una carta escrita a mano para Evita, que le permitió ingresar como aprendiz al Correo, un ámbito que —según recordaba entre risas— estaba «infectado de maricas». Allí, entre sellos y telegramas, se forjó una red de contención y resistencia frente a un mundo que los trataba como enfermos o delincuentes.

Luis Troitiño: El kiosquero de Lomas que fundó nuestra historia
Foto Moleculas Malucas

Troitiño recordaba con crudeza las razias policiales de los años 50 y 60, donde las detenciones eran moneda corriente. Sin embargo, su relato no se centraba en el victimismo, sino en la «temeridad» de las maricas de antes. Reivindicaba a aquellas que, con las cejas depiladas y mantones de Manila en el «paraíso» del Teatro Avenida, enfrentaban a la autoridad con la frente en alto. Para Luis, el humor y el lenguaje propio (como el uso de la palabra «carrilcha») eran los anticuerpos necesarios contra la violencia social.

La entrevista con Queiroz también puso luz sobre la transición del activismo hacia el Frente de Liberación Homosexual (FLH) en los 70. Aunque Luis se retiró de la militancia orgánica antes del golpe del 76, su aporte fue la piedra angular. Miraba con asombro los avances actuales, como el matrimonio igualitario, aunque con una pizca de nostalgia crítica: sentía que al integrarse al «gran panal» de la sociedad, la identidad marica perdía parte de esa creatividad y poesía que solo florecía en los márgenes.

Luis vivió sus últimos años rodeado de libros de Proust y Wilde, atendiendo su kiosco y bailando a Celia Cruz cuando el cuerpo se lo permitía. No buscaba fama ni reconocimientos tardíos; su mayor orgullo era haber sido parte de una comunidad que nunca se dejó doblegar. Hoy su partida nos deja un vacío, pero también el recordatorio de que las libertades de hoy no «cayeron de arriba», sino que se gestaron en piecitas de entrepiso por personas valientes como él.

Nota completa en Moleculas Malucas

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