«La Bestia» Bonifacino: el boxeador gay que convirtió cada golpe en resistencia

«La Bestia» Bonifacino: el boxeador gay que convirtió cada golpe en resistencia

El uruguayo Oscar Bonifacino es reconocido como el primer boxeador abiertamente gay de Sudamérica. Sobrevivió a la violencia familiar, al consumo problemático y a varios intentos de suicidio. Hoy sueña con el título mundial y usa el ring como plataforma para visibilizar la diversidad.

Hay historias que pesan más que cualquier rival sobre el ring. La de Oscar «la Bestia» Bonifacino, boxeador uruguayo de 21 años oriundo de Maldonado, es una de ellas. Criado en el asentamiento del barrio Benedetti, fue el octavo de diez hermanos y el único blanco de la violencia sistemática de su padre, quien percibía en él algo que no toleraba. Las palizas, los rebencazos y los castigos con agua fría en plena madrugada fueron su cotidianidad desde la infancia.

«La Bestia» Bonifacino: el boxeador gay que convirtió cada golpe en resistencia

En silencio, Oscar cargaba también con otro peso: desde pequeño supo que le gustaban los hombres, pero lo ocultaba. La culpa, la angustia y la presión acumulada lo llevaron a sostener relaciones que no sentía. «Era una farsa. Me acostaba llorando», recuerda hoy sin eufemismos. Esa disonancia entre lo que sentía y lo que mostraba fue una herida que tardó años en cicatrizar.

El quiebre llegó, otra vez, de la mano de Jaqueline. Luego de que Oscar terminara con un tiro en el pie tras meterse en una pelea callejera, ella le dio un ultimátum y le propuso una salida: el boxeo. Así llegó al gimnasio y a la entrenadora Elizabeth Cabrera, quien se convertiría en su figura de referencia. «Desde que pisé el gimnasio, no pude salir más», recuerda. La disciplina del deporte empezó a ordenar lo que la violencia había desorganizado.

Fue precisamente a Cabrera a quien le contó, por primera vez en su vida, que era gay. Lo hizo tras una pelea en la que había rendido mal, como si soltar esa verdad fuera parte del mismo proceso de mejorar. «Me abrazó y me dijo que nada iba a cambiar por mi orientación sexual». Esa contención fue el antes y el después. «Sentí lo mismo que cuando estás sucio y te bañás. Por fin me liberé».

Al dar el salto al profesionalismo, Oscar tomó una decisión que excedía lo deportivo: subir al ring con indumentaria rosa y la bandera del orgullo LGBT. La escena generó desconcierto en las tribunas, pero él fue claro sobre sus razones. «No lo hice para llamar la atención. Fue una respuesta a todo lo que sufrí y para romper el prejuicio de que en el boxeo no podés tener otra orientación sexual. Hay que romper esos estigmas».

Hoy es reconocido como el primer boxeador abiertamente gay de Sudamérica y el segundo a nivel mundial, detrás del puertorriqueño Orlando Cruz. Un título simbólico que no buscó pero que lleva con responsabilidad. Desde que se visibilizó, comenzaron a llegarle mensajes de personas que encontraron en su historia el impulso para hablar con sus familias. «Algunos me dijeron que les salvé la vida», cuenta, y en esa frase hay mucho más que orgullo: hay propósito.

El apodo surgió, como tantas cosas verdaderas, sin planearlo. Antes de un combate amateur, escuchó a un entrenador rival advertirle a su pupilo que si no noqueaba «al maricón» le iría mal. Oscar respondió de la única manera que sabe: peleando. Ganó. Al bajar del ring, ese mismo entrenador le dio la mano y le dijo: «Sos una bestia, me cerraste la boca». Desde entonces, el mote quedó.

En las redes sociales todavía aparecen mensajes de odio, aunque son minoría frente a los de apoyo y admiración. En el gimnasio y sobre el ring, asegura, recibe respeto de compañeros y rivales por igual. «A mí no me da nada decir que soy homosexual. Al contrario, me agrega presión: nadie quiere perder contra un gay. Pero me llena saber que puedo ayudar a otros«.

El objetivo es claro y lo enuncia sin titubeos: un cinturón mundial, una pelea en Estados Unidos, la cima. «Tengo paciencia. Estamos construyendo una carrera de verdad. Cuando llegue, va a ser uno de los buenos y voy a dejar todo para ganarlo». Oscar Bonifacino lleva años peleando batallas que van mucho más allá del cuadrilátero. Y, hasta ahora, no perdió ninguna de las que realmente importaban.

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