De la tragedia al goce: a 20 años de «Secreto en la montaña» y la nueva era del romance queer
A dos décadas de su estreno, «Secreto en la montaña» mantiene su peso como un hito ineludible del cine. Dirigida por Ang Lee, la película rompió el molde al contar la historia de Ennis y Jack, dos vaqueros atrapados en un amor reprimido durante la década del sesenta. En aquel momento, la industria mainstream necesitó apelar a la tragedia, marcada por la homofobia estructural y la masculinidad hegemónica, para generar empatía. La obra mostró con crudeza que amar fuera de la norma se pagaba con el aislamiento o la muerte.

Hoy, el paradigma cultural en torno a las identidades LGBTQI+ cambió de raíz. Las audiencias ya no se conforman con el sufrimiento como único destino posible. Si la película de Ang Lee abrió la puerta desde el drama, ficciones actuales como «Rojo, blanco y sangre azul» (Red, White & Royal Blue) y, fundamentalmente, fenómenos literarios como «Más que rivales» (Heated Rivalry) patearon el tablero por completo.

El primer gran contraste se ve en el tono. «Rojo, blanco y sangre azul» se apropia sin culpa de la comedia romántica tradicional: el hijo de la presidenta estadounidense y un príncipe británico viven un romance que sortea presiones políticas, pero entrega un final luminoso y de aceptación masiva que era impensado a principios de los 2000.

Sin embargo, es en «Más que rivales», la aclamada novela de Rachel Reid, donde la evolución del «amor secreto» adquiere mayor profundidad. Al igual que en «Secreto en la montaña», seguimos a dos hombres inmersos en un entorno hipermasculinizado y exigente: Ilya y Shane son las máximas estrellas rivales del hockey sobre hielo profesional.
Como los vaqueros de Wyoming, los jugadores de hockey mantienen su vínculo en la clandestinidad durante años para proteger sus carreras. Pero la diferencia en el tratamiento del deseo es abismal. En «Más que rivales», el secreto no los paraliza ni los convierte en víctimas; el clóset funciona como el escenario de una tensión sexual y emocional que ellos mismos manejan con absoluta agencia.

Mientras la película de 2005 ancló su trama en el rechazo internalizado y el pánico al entorno, la historia de Ilya y Shane pone el foco en el placer, el compañerismo y la construcción de un amor profundo a puertas cerradas. El conflicto central no es la culpa por desear a otro hombre, sino el desafío de equilibrar esa pasión desbordante con la ambición deportiva.
Esta transición narrativa representa una verdadera conquista cultural. La representación de las disidencias pasó de pedir permiso para existir a través del llanto, a exigir el derecho al goce y a la intimidad plena. Relatos como «Más que rivales» demuestran que el amor entre hombres en espacios históricamente machistas puede contarse desde la vitalidad y el triunfo personal, y no solo desde la herida.
Hace 20 años, «Secreto en la montaña» invitó al público a llorar por un amor destruido por la intolerancia. Hoy, la ficción refleja un piso de exigencia mucho más alto: nuestras historias también merecen pasión, humor y finales no necesariamente trágicos.
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