Bad Bunny y la Trampa de la ‘Tolerancia represiva’

Bad Bunny y la Trampa de la ‘Tolerancia represiva’

Entre el perreo combativo y el prime-time de la NFL, la actuación de Benito en el Super Bowl 2026 nos obliga a preguntarnos: ¿Estamos rompiendo el sistema o solo decorándolo?

La reciente irrupción de Bad Bunny en el Super Bowl LXI no fue solo un despliegue de hits; fue una puesta en escena de la identidad latina y la disidencia estética en el altar más sagrado del consumo estadounidense. Para muchos, ver una bandera de Puerto Rico y estéticas que desafían el binarismo frente a millones de personas es una victoria cultural sin precedentes. Sin embargo, bajo la lupa de la sociología crítica, el brillo de las lentejuelas oculta una maquinaria mucho más cínica.

Herbert Marcuse, referente de la Escuela de Frankfurt, acuñó el concepto de «tolerancia represiva» para explicar cómo las democracias avanzadas neutralizan la protesta. El sistema no te prohíbe hablar; al contrario, te da el micrófono más caro del mundo. Al permitir que la «rebeldía» de Benito ocupe el medio tiempo, la industria demuestra ser «abierta» y «diversa», pero lo hace con un objetivo claro: convertir la transgresión en una mercancía inofensiva y rentable.

Bad Bunny y la Trampa de la ‘Tolerancia represiva’

Lo que vimos en 2026 es el triunfo del pluralismo unidimensional. La NFL y sus patrocinadores no temen al discurso de Bad Bunny porque saben que, una vez filtrado por la pantalla, el mensaje político se diluye entre anuncios de camionetas y criptomonedas. La audiencia consume «identidad» como quien consume un refresco; se siente parte de una revolución que no exige movimiento, solo streaming. Es la rebeldía domesticada para el deleite del algoritmo.

Históricamente, el sistema ha reaccionado de dos formas ante el arte disruptivo. Cuando Sinéad O’Connor rompió la foto del Papa, la respuesta fue la exclusión violenta porque el mensaje no era asimilable. Pero cuando el mensaje se puede empaquetar —como la estética de las Panteras Negras en Beyoncé o el género fluido en Benito—, el capitalismo no lo censura, lo abraza. Lo abraza hasta asfixiar su potencial transformador, transformando el grito en un producto de lujo.

Sinéad O’Connor, 3 de octubre de 1992

Desde la redacción de argay.ar, no podemos pecar de ingenuos. Si bien celebramos que nuestras caras y voces ocupen espacios históricamente blancos y heteronormativos, debemos distinguir entre visibilidad y liberación. La visibilidad que nos otorga el mercado es condicional: somos bienvenidos siempre y cuando generemos clics y no cuestionemos las estructuras de poder que sostienen el show.

El riesgo de esta «tolerancia» es que terminemos conformándonos con la representación estética mientras las condiciones materiales de nuestras comunidades no cambian. ¿De qué sirve un himno contra el colonialismo en el Super Bowl si los dueños de los palcos siguen decidiendo el destino económico de la isla? La paradoja es cruel: el sistema es tan fuerte que hoy puede permitirse el lujo de financiar a sus propios críticos para verse más humano.

Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo pensador de la teoría de la ‘tolerancia represiva’ (1965)

Al final del día, Bad Bunny es un artista inmenso que empuja límites, pero no es inmune a la física del capital. Su actuación es un recordatorio de que la verdadera resistencia no ocurre en los 15 minutos de un show hiper-patrocinado, sino en los espacios donde el sistema no puede entrar a cobrar entrada. La «Gran Negativa» de la que hablaba Marcuse sigue siendo una asignatura pendiente en una era donde todo, incluso nuestro orgullo, tiene un código de barras.

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